Una “Cultura Solidaria” no es una “Cultura de la Solidaridad”

El lenguaje es fuente de entendimiento, pero también es fuente de equívoco. Por ventura, siempre -mientras hay vida- hay oportunidad para la rectificación, la puntualización y la aclaración.

He titulado este post como: Una “Cultura Solidaria” no es una “Cultura de la Solidaridad” porque definitivamente no son lo mismo. Este blog esta dedicado a trabajar por: Una cultura -y una sociedad- de la solidaridad. Es su razón de ser. Si mi objetivo, en lugar de eso, fuera trabajar por una Cultura Solidaria, entonces no tendría que escribirlo. Esta sociedad (o al menos la parte que me resulta directamente accesible) es, a mi entender, bastante solidaria.

Perdónenme la digresión, pero en este momento recuerdo un chiste que escuche hace ya unos años,  creo que es de Eugenio, pero no he podido verificarlo:

A resultas de un fuerte terremoto una persona queda atrapada bajo los escombros de su vivienda, que se ha venido abajo. Después de horas de espera le parece escuchar ruidos fuera y se pone a gritar para llamar la atención. Desde la superficie oye una voz atenuada por los cascotes que dice -Somos de la Cruz Roja, ¿hay alguien ahí?
A lo que nuestro damnificado contesta – Si, pero yo ya colaboré, ¿escucha?… ya colaboré.

Resulta bastante hilarante (sobre todo si es Eugenio quien lo cuenta), pero no hace más que ilustrar lo que decía al comienzo de esta entrada.

En una Cultura Solidaria es importante colaborar de vez en cuando, algo así cómo pagar para llevar en la solapa de la chaqueta el pin o la pegatina de la campaña de moda. Aquellos que te vean, pensarán de ti que eres una persona solidaria, y eso siempre queda bien.

Por poner sobre la mesa algunos datos, según la guía de la transparencia ONG’s de la Fundación LEALTAD en España funcionan al menos 144 ONG que manejan un presupuesto de gastos de funcionamiento agregado de 1.095.749.772 euros, cuentan con 1.299.237 socios y el trabajo de 22.650 empleados y 48.306 voluntarios. Para establecer una escala de valoración, estos algo más de mil millones de gasto, equivale a cerca de un 2 % (dos por ciento) del presupuesto que el estado español ha destinado en el presupuesto de los últimos años al denominado gasto social (que mal nombre que tiene el pobre): pensiones, vivienda, desempleo…

Aparte de las ONG, existen las fundaciones, las “obras sociales” bancos, las empresas sociales, fondos sociales, la responsabilidad social corporativa (RSC) y otras manifestaciones de cariz solidario que ayudan a mitigar las necesidades de los más desfavorecidos, repartiendo un pellizco de aquello que necesitan y resolviendo situaciones la más de los casos que sin esta ayuda pasarían de desesperadas a fatales.

Yo evaluaría nuestro nivel de solidaridad como de moderadamente satisfactorio, que no quiero ni puedo ser injusto con todos aquellos que ponen tanto de si por los demás. Sin embargo todos estos mecanismos de ayuda son sólo una pincelada, un ensayo, un punto de partida si así preferimos pensar. Pero la situación dista mucho de representar la Cultura de la Solidaridad que estoy convencido es la única esperanza que tenemos de seguir adelante, ya no cómo especie dominante en La Tierra, sino simplemente cómo especie.

En una Cultura de la Solidaridad el único mecanismo de intercambio de bienes y servicios  es la libre y voluntaria cesión de los mismos por parte de un donante y la libre y exenta de compromisos recepción de ellos por parte de un aceptante. Donantes en un momento pasan a ser receptores en el siguiente, se agrupan y organizan libremente para dar o para recibir, para producir y administrar lo que niles pertenece a si mismos ni le pertenece a nadie más; siempre orientados por su capacidad, su voluntad de servicio y utilidad y sus gustos o apetencias.

El dinero, que a demostrado su incapacidad para funcionar cómo ente de valoración y redistribución de la riqueza, no tiene cabida en una sociedad de la solidaridad. Conceptos cómo que los bienes de producción pertenecen a un capitalista o a quienes los explotan tampoco tienen sentido (puesto que la propiedad privada o pública también deja de tenerlo).

Una Cultura Solidaria no sólo es compatible con el dinero en si mismo, sino también con la acumulación de mucha riqueza en pocas manos -concepto insolidario donde los haya- o la producción y consumo de mil y una cosas innecesarias (o de dudosa necesidad). En una Cultura de la Solidaridad el dinero no sólo se hace innecesario: estorba. La acumulación de riquezas pierde todo sentido. Y la producción deliberada de productos innecesariamente fungibles (aquellos que podrían diseñarse para que no se hagan desechables o indeseables al poco tiempo) se convierte en un sinsentido absoluto.

¿Le queda dudas a alguien de que una “Cultura Solidaria” no es una “Cultura de la Solidaridad”?

Imágenes:

  • Fotografía de Eugeni, sin derechos explícitos. Copiada desde http://www.acudit.net/visor.php?ap=ac&ti=htm&ar=eugenio

Licencia de Creative Commons

Este trabajo está publicado bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento 3.0 España. Ver el código legal.

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