Limosna no es solidaridad

La limosna está claramente sobrevalorada en nuestra sociedad. Nuestra tradición que hunde sus raíces en la judeo-cristiana llega incluso al nivel de reglamentarla y procedimentarla.

Pero la limosna no es un modo de solidaridad. Todo lo contrario, soy de la creencia de que una de las cuestiones que pueden frenar el desarrollo del sano concepto de solidaritura es precisamente la errónea identificación que hace mucha gente entre ambos conceptos: limosna y solidaridad.

Pidamos ayuda a la RAE:

limosna.

1. f. Cosa que se da por amor de Dios para socorrer una necesidad.

2. f. Dinero que se da en las colectas hechas con fines religiosos.

3. f. Dinero, alimento o ropa que se da a los indigentes.

4. f. Donativo o subvención que se daba a los conventos de Indias, con cargo a los ingresos de encomiendas y otros.

Tres de las cuatro acepciones (1,2 y 4) tienen un olor indudablemente religioso, mientras que la única que queda libre de ese sambenito restringe el campo de acción exclusivamente al universo de los llamados indigentes: aquellos que carecen de medios para alimentarse, vestirse, etc. (siempre acudiendo la mentada RAE). Sin lugar a dudas esto restringe bastante el ámbito de actuación de la limosna, tal vez la RAE debiera revisar estas definiciones, tal vez no.

Por otra parte, la misma Real Academia Española nos define de esta manera la solidaridad.

solidaridad.

1. f. Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros.

2. f. Der. Modo de derecho u obligación in sólidum.

 De la primera acepción no puedo sino fijar mi vista en las dos primeras palabras: adhesión y circunstancial. Dichas palabras, puestas así juntas,  establecen una cierta tensión entre lo aparentemente duradero de una adhesión con lo que se nos puede antojar como más efímero de lo circunstancial. Más, por supuesto, la tensión no implica de manera alguna contradicción: La adhesión puede resultar no sólo duradera, sino hasta permanente, siempre que las circunstancias no cambien; y si estas cambian, pues la adhesión deja de tener sentido.

Esa característica de la continuidad en el tiempo de la solidaridad choca frontalmente con el hecho puntual de la limosna, que finaliza justo en el mismo instante en que se produce.

Hospital de San Leonardo en York – la mayor institución hospitalaria de la Inglaterra medieval. No sólo atendía a los enfermos de la población de York sino que ofrecía techo y alimento a los desposeídos encargándose incluso de la preparación de comidas para los prisioneros del vecino castillo de York.

Pero ahí no finalizan las diferencias.

Desde el punto de vista del donante, la limosna puede generar (y no nos engañemos casi siempre es así) una sensación de “deber” cumplido. Un “yo ya he hecho mi parte, ahora ya puedo seguir con mi vida”, y esto no puede sino tener un fuerte efecto anestésico sobre la conciencia, con su buena prognosis de inacción. La solidaridad, en contraste, se retroalimenta en si misma incrementando la conciencia de los hechos que requieren de nuestra acción y apoyo.

Desde el punto de vista del beneficiario la cosa tampoco muestra demasiados matices de similitud. La limosna satisface, al menos temporal y parcialmente, una necesidad de corto plazo, pero sin afectar la situación de continuidad de las razones subyacentes de esta necesidad y sin hacer parte al receptor de la misma de ningún proceso de mejora de dichas razones subyacentes. La solidaridad, en tanto a actividad continuada, no ha de enfocarse en la solución de las necesidades inmediatas. Las atiende, no obstante, cómo requisito sine qua non de una posible acción de mejora permanente, verdadero objeto de su trabajo. Sin un trabajo real por el cambio de las circunstancias de base no hay verdadera acción solidaria. El beneficiario así lo percibe convirtiéndose entonces en parte activa, necesaria y productiva del proceso de transformación.

Dicho de forma más resumida el que ofrece limosna, sin haber hecho absolutamente nada que permita una mejora real, sustancial o duradera en la vida del beneficiario y sin que su propio modo de vida se vea afectado de forma real, sustancial o duradera, se siente enaltecido moralmente mientras que el receptor de la misma aunque no se espera -al menos explicitamente- que se humille, a menudo se sentirá como un inferior frente al donante.

Una excepción a esta regla es la de la limosna ofrecida anónimamente a organizaciones que han realizado con estos fondos o bienes acciones sociales… pero eso ya se parece un poco más, de hecho, a lo que hoy por hoy representa el modelo dominante de solidaridad.

La limosna, si bien no se puede negar que ha cubierto su papel en la historia, hoy por hay no sólo es inadecuada sino hasta amoral e indeseable.

El compromiso que toca hoy en día es el de la adhesión consciente y activa a una causa colectiva real y de pública necesidad. El compromiso que hemos de asumir es el de la solidaridad. La cultura que hemos de incorporar es la de la solidaridad, la solidaritura.

Comprométete realmente, no te engañes, no alimentes tu conciencia con placebos: solidariturízate.

Imágenes:

Undercroft of St Leonards Hospital, York – geograph.org.uk –  tomado de wikicommons, ver en http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Undercroft_of_St_Leonards_Hospital,_York_-_geograph.org.uk_-_1717617.jpg

Licencia de Creative CommonsEste trabajo está publicado bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento 3.0 España. Ver el código legal.

Solidaritura: Por una cultura y una sociedad de la solidaridad.

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