Cuestión de valores

¿Quien no ha escuchado que la nuestra es una cultura carente de valores? Viendo el estrado de las cosas, no deja de ser una idea con sentido.

Sin embargo, a mi parecer esta es una aseveración que peca de ingenua: nuestra sociedad está fundada sobre unos valores y principios claramente definidos, perfectamente comunicados y ampliamente compartidos.

Sin la menor duda por mi parte, hay un problema con los valores. Pero este problema no es que no los tengamos, no creamos en ellos o no los respetemos. El problema real es que aceptamos cómo buenos unos valores que en muchos casos han quedado obsoletos y que a menudo representan unas creencias incompartibles con el bienestar individual y colectivo de nuestra sociedad.

No negaré que existen múltiples y notorios casos en que el problema consiste en que  se traicionan estos valores (sólo es necesario ver un telenoticiero, leer un diario, o prestar atención a los temas de conversación del bar) generando daño a la sociedad en general y a algunos individuos en particular. No obstante, esos casos no representan mas que una ínfima parte de los actos que día a día realizamos e involucran a un despreciable -en más de un sentido- número de personas.

Es cierto que por su cuantía e impacto, el daño ejercido por esos escasos trasgresores requiere de muchos de nosotros un enorme esfuerzo para ser neutralizado. Aún así, resulta cuanto menos ingenuo de nuestra parte si creemos que la verdadera causa del actual estado de cosas reside en la traición a los principios que nos rigen y no a que muchos de esos principios -aceptados como verdad absoluta- sencillamente son inadecuados.

Para mi resulta más que evidente que los principios y los valores que nos dirigen son los principales responsables de la CRISIS (no, no se me han bloqueado las mayúsculas, las crisis a las que periódicamente -por no decir constantemente- estamos sometidos son sólo la manifestación más visible de la CRISIS a la que me refiero) en la que vivimos inmersos.

A estos valores, que me he atrevido a bautizar con el nombre de “valores tóxicos” , hemos de dirigir nuestra atención con tal de ponerlos en su justa perspectiva, desactivando de esta manera la capacidad de destrucción social que están demostrando.

Llegados a este punto, y antes de intentar identificar cuales son dichos valores tóxicos, considero imprescindible resaltar que los valores que actualmente podamos identificar como tóxicos no lo han sido siempre. Más aún, afirmo todo lo contrario, los avances de la humanidad y de sus sociedades sólo han sido posibles gracias al consenso que ha existido en cada época respecto a un conjunto de principios, valores y normas morales. Estos y no otros son el motor que impulsa cada una de las mejoras que podemos identificar al revisar nuestra historia. Pero, por efecto de una ley social ineludible (perfectamente comprensible desde la Aufhebung Hegeliana), la misma cultura, sociedad o hito que nace de cada avance deja obsoletos los principios rectores que permitieron que dicha cultura o sociedad surgiera y se desarrollara, haciendo necesarios un nuevo conjunto de asunciones con tal de seguir avanzando.

Una y otra vez las distintas sociedades humanas se ha visto enfrentadas a la necesidad de replantearse sus creencias -algunas de las cuales les habían servido bien desde que se guardaba memoria-. Cuando esto sucede esta sociedad se debe adaptar o terminará desapareciendo. Muy a menudo sociedades otrora prósperas desaparecen sin dejar atrás mucho más que un glorioso recuerdo. Pero en otros casos se produce el cambio y casi siempre -por necesidad- por medio de una revolución.

Las revoluciones sociales por regla general se impulsan desde una plataforma formada por una serie de principios rectores -valores- que permiten aglutinar a su alrededor los elementos necesarios para su éxito. Sin embargo, a la larga el éxito sólo es posible si los valores que se habían convertido en tóxicos en la sociedad preexistente son desactivados o substituidos. Si no deseamos vernos abocados a una revolución inútil tenemos que empezar por identificar -y señalar- cuales son los valores que requieren ser desplazados, antes de ponernos a elucubrar las bases de un mundo mejor..

¿Cómo podemos entonces identificar estos valores tóxicos?

Los valores denominados “objetivos” o “intrínsecos” cómo el Bien, la Verdad, la Belleza o el Amor son universales y básicamente permanecen sin cambios a lo largo de toda la evolución de nuestro pensamiento filosófico desde el principio de los tiempos. Son los valores “subjetivos” o “instrumentales” -aquellos que interpretan en función de las creencias culturales dominantes cuales son las características determinantes de los valores intrínsecos o cuales son los medios para alcanzarlos- los que requieren ser analizados continuamente con tal de adaptarlos a las necesidades específicas de cada época.

Un ejemplo contundente de lo que quiero explicar es el valor de la Libertad. Estamos tan convencidos de su importancia y de su universalidad que nos resulta difícil aceptar que al fin y al cabo sólo se trata de un valor relativo a nuestra sociedad moderna (antes de la Revolución Francesa, con su grito de Libertad, Igualdad, Fraternidad ni siquiera podía considerarse seriamente como un valor). De hecho, en la economía medieval y  en todas las que le precedieron la existencia de esclavos, siervos (en la práctica esclavos con otro nombre) y vasallos era absolutamente necesaria. La Libertad, entendida desde nuestra perspectiva contemporánea, sencillamente hacía inviable la sociedad de aquellos tiempos, destruyendo su capacidad de sostener -alimento, vivienda y abrigo- a sus miembros -esclavos, siervos y vasallos incluidos. O dicho de otra manera, la Libertad se oponía al Bien que como hemos visto es un valor objetivo irrenunciable dentro de cualquier modelo ético. Sólo el avance de la tecnología y de la propia sociedad hizo posible que la Libertad se impusiera como un puntal indispensable dentro de nuestro conjunto de valores más universalmente aceptado. Aún así, otros valores que hemos tenido que adoptar limitan y coartan tanto la Libertad que en muchos casos nos resulta prácticamente irreconocible.

Desafortunadamente, así cómo es de fácil identificar y llegar a un consenso sobre los valores intrínsecos, resulta tremendamente complicado diseccionar los valores instrumentales y mucho más ponerlos en tela de duda. Al fin y al cabo estamos atacando lo que es más sagrado de cada uno de nosotros: nuestras creencias (el que no se haya sentido ofendido -al menos en parte- por el párrafo anterior que tire la primera piedra).

Para poder poner al descubierto cuales son los “valores tóxicos” hemos de analizar desde una perspectiva desapasionada y objetiva nuestras creencias sociales y económicas. Hemos de ser capaces de ponerlas en el banquillo de los acusados y juzgarlas… y si es necesario desterrarlas, poniendo en su lugar los valores que nuestra sociedad requiere hoy.

Licencia de Creative Commons

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Solidaritura: Por una cultura y una sociedad de la solidaridad.

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2 pensamientos en “Cuestión de valores

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